PREVENCIÓN SOCIAL
Una verdadera estrategia de Seguridad Ciudadana
y Prevención de la Violencia
Lecciones desde las favelas de Brasil
El 28 de octubre de 2025, miles de agentes policiales ingresaron a los complejos de favelas de Alemão y Penha, en Río de Janeiro, como parte de la Operación Contención, una ofensiva masiva contra el Comando Vermelho (una de las organizaciones criminales más antiguas y poderosas de Brasil) que incluyó helicópteros, blindados y fuerzas especiales. La intervención, concebida para desarticular el control territorial del narcotráfico y capturar a sus principales líderes, terminó dejando más de 120 personas muertas.
Es en este contexto donde el estudio Raio-X da Vida Real adquiere especial relevancia: mientras el Estado interviene cuando la violencia ya está instalada, la encuesta muestra que las trayectorias que conducen al crimen se construyen mucho antes, en la infancia y juventud, en escenarios donde la prevención social estuvo ausente.
El 12 de enero de 2026, el periódico EL PAÍS, publicó un reportaje en su edición internacional titulado “A study reveals the interests, habits and dreams of 4,000 delinquents in Brazil’s favelas” (Un estudio revela los intereses, hábitos y sueños de 4.000 delincuentes en las favelas de Brasil), escrito por Naiara Galarraga Gortázar desde São Paulo.
Este artículo se basa en una encuesta llamada “X-Ray of Real Life” (Radiografía de la vida real), que se realizó entre agosto y septiembre de 2025 (un mes antes de la intervención) mediante entrevistas cara a cara a 3 954 personas que trabajan en el comercio minorista de drogas en diversas favelas (barrios populares marginados) de Brasil. Las entrevistas fueron posibles gracias a que el equipo encuestador estaba conformado por personas que viven en esas mismas favelas, lo cual generó confianza y permitió el acceso a comunidades donde investigadores externos normalmente no pueden entrar.
La encuesta fue liderada por Data Favela, un instituto de investigación vinculado a la organización social Central Única das Favelas (CUFA), que trabaja desde hace años con la población de estos barrios y entrena a residentes locales para realizar estudios estadísticos profundos en sus territorios.

Principales hallazgos del reportaje
Condiciones económicas y vida cotidiana:
La mayoría de los entrevistados viven en condiciones de pobreza estructural en las favelas, donde muchas familias carecen de servicios públicos básicos.
Un tercio afirmó que lo mejor de la escuela era recibir un almuerzo, lo que refleja las limitaciones económicas y materiales que enfrentan desde la infancia.
El 42 % no terminó la educación básica, un indicador de la exclusión educativa que acompaña a contextos precarios.
Para muchos de los entrevistados, el ingreso al comercio de drogas no es un hecho puntual, sino el inicio de un proceso gradual de encierro social y emocional. Poco a poco quedan atrapados en una vida que, si bien les otorga respeto, reconocimiento y sentido de pertenencia dentro del territorio, también conlleva altos costos personales: estrés permanente, episodios de depresión, problemas de sueño y, en el caso de uno de cada tres, al menos una temporada en prisión.
Al vivir y operar en espacios controlados por grupos rivales, muchos experimentan una forma de reclusión territorial, ya que actividades cotidianas como ir a la playa, asistir a un partido de fútbol o desplazarse fuera de la favela pueden implicar riesgos mortales. Así, aun en libertad, muchos viven virtualmente encarcelados dentro de su propio barrio, con movimientos restringidos y una vida marcada por el miedo constante.
En términos de ingresos, dos tercios ganan aproximadamente 3000 reales por mes (USA$584.00), lo que no les permite superar la pobreza, y solo un 2 % declararon ingresos superiores a 2800 $ mensuales.
Motivaciones y aspiraciones:
La mayoría ingresó al negocio del narcotráfico por necesidad económica, no por deseo de fama o respeto social.
El 58 % dijo que dejaría la vida criminal si tuviera un ingreso legal garantizado para mantener a su familia, lo que sugiere que su involucramiento responde más a la falta de oportunidades que a la elección deliberada de un estilo de vida.
Muchos sueñan con tener un negocio propio o emplearse legalmente, para trabajar sin el riesgo constante de violencia o detenciones policiales.
Deseos para sus hijos:
Un dato especialmente relevante es que el 84 % de las personas entrevistadas afirmó que no permitiría que sus hijos siguieran una vida vinculada al crimen, lo cual demuestra un profundo deseo de que la próxima generación tenga oportunidades distintas, más seguras y legítimas.
Otros aspectos importantes:
No todos los involucrados carecen de familia: tres de cada cuatro fueron criados por sus padres o parientes cercanos.
Más de la mitad de los entrevistados son jóvenes entre 13 y 26 años, lo que evidencia que la incorporación a estas actividades ocurre a edades tempranas.

Revelaciones del estudio y por qué la prevención social temprana es clave
El reportaje publicado por EL PAÍS el 12 de enero de 2026, basado en la encuesta realizada por Data Favela y la Central Única das Favelas (CUFA), aporta una evidencia contundente: detrás del comercio minorista de drogas en las favelas brasileñas no hay, en la mayoría de los casos, trayectorias marcadas por la ambición criminal, sino vidas atravesadas por pobreza persistente, exclusión educativa y ausencia de oportunidades legítimas desde edades tempranas. Los datos muestran que muchos de los entrevistados crecieron en hogares con recursos muy limitados, abandonaron la escuela prematuramente y se vincularon a actividades ilegales como una estrategia de supervivencia, no como un proyecto de vida deseado.
Uno de los hallazgos más significativos del estudio es que el 84 % de los entrevistados no quiere que sus hijos se involucren en el crimen o la violencia, lo que revela una ruptura clara entre la experiencia vivida por esta generación y las aspiraciones que proyectan para la siguiente. Esta respuesta no solo expresa un deseo moral, sino que evidencia una conciencia del daño y del encierro social que produce el circuito delictivo, así como el anhelo de que la infancia de sus hijos transcurra por caminos distintos a los que ellos enfrentaron.
En este sentido, el reportaje sugiere de manera implícita —a través de los relatos sobre la escuela, la pobreza y la falta de alternativas— que la prevención social de la violencia debe comenzar en la infancia, mucho antes de que los jóvenes entren en contacto con organizaciones criminales o economías ilegales. El hecho de que un tercio de los entrevistados recuerde la escuela principalmente como un lugar donde podía comer, y no como un espacio de aprendizaje o proyección futura, muestra cómo las fallas tempranas de protección social dejan vacíos que más tarde son ocupados por redes criminales.
Asimismo, la encuesta revela que la mayoría dejaría el crimen si tuviera ingresos legales estables, lo que refuerza la idea de que la violencia y el delito no pueden abordarse únicamente desde políticas coercitivas, punitivas o reactivas cuando ya han sucedido los hechos. Cuando la infancia transcurre en contextos de precariedad extrema, sin acceso efectivo a educación de calidad, alimentación adecuada, empleo familiar digno y referentes institucionales confiables, la probabilidad de reproducción intergeneracional de la violencia aumenta significativamente. El estudio demuestra que, una vez que estas trayectorias se consolidan en la adolescencia y juventud, las salidas se vuelven más difíciles y costosas, tanto para las personas como para el Estado.
En conjunto, el reportaje de EL PAÍS aporta una lección central para el debate sobre seguridad ciudadana: Invertir en infancia —en educación, nutrición, protección social y oportunidades reales— no solo responde a un imperativo ético, sino que emerge como una de las estrategias más consistentes para evitar que nuevas generaciones crezcan atrapadas en ciclos de pobreza, estigmatización y violencia, como los que hoy describen quienes participaron en esta encuesta.
